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Oasis mostró las claves de
su fórmula ante 45.000 personas
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Oasis
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BUENOS AIRES (por
Adrián Mouján).- Los Oasis justificaron su arrogancia
y prepotencia ante 45.000 argentinos que llenaron el Campo de Polo
y que disfrutaron del mejor rock británico de manos de una
banda que ha sido clave en el género en los últimos
diez años.
Un Campo de Polo colmado por treintañeros y jóvenes,
en su mayoría de clase media y alta, recibió el viernes
por tercera vez a la banda de los hermanos Noel y Liam Gallagher.
Y el origen social del público de Oasis en la Argentina no
es un detalle menor, ya que en la zona del Campo de Polo se produjo
un colapso de las líneas de telefonía celular y fue
imposible realizar un llamado debido a la cantidad de aparatitos que
había en el estadio sito en la intersección de las avenidas
del Libertador y Dorrego.
Mientras acá su público es de clase media y alta, en
Gran Bretaña, Oasis es un fenómeno de la clase obrera.
En pocas palabras, en Inglaterra Oasis es como La Renga o Los Piojos,
no es una banda de conchetos o tipos "cool".
En la conferencia de prensa previa al show, los Oasis dijeron que
un par de visitas más les gustaría llenar River Plate
como lo hicieron los Rolling Stones y U2. Bueno, no va a ser necesario
tanto tiempo, ya que el viernes estuvieron a punto de lograrlo.
El show debió empezar con 15 minutos de retraso para facilitar
el ingreso de la gente que formaba una extensa y compacta fila por
Libertador y que doblaba por Bullrich, ocupando la vereda de la mezquita.
Desde lo artístico, los argentinos vieron al mejor Oasis, ya
que músicos de la talla del guitarrista Gem Archer, del bajista
Andy Bell y del baterista Zach Starkey, confirman que esta es por
lejos la versión más notable de la banda.
Lo que a este grupo de músicos le falta es grabar su propio
"Definitely Maybe" para quedar en la historia, el problema
para ellos es que Noel y Liam ya grabaron ese álbum, que marca
un hito en el rock de los '90.
Pero su último álbum "Don't Believe the Truth"
es un gran disco, y quedó demostrado cuando la banda interpretó
seis temas de ese registro que es indudablemente menor en comparación
con "Definitely Maybe".
Los hermanitos Gallagher, que durante una conferencia de prensa se
mostraron aburridos, a la noche demostraron por qué: ellos
no están para hablar sino para tocar música.
Con Liam hablando muy poco ese inglés con acento "cockney"
que Mick Jagger patentara en los años '60, Oasis se despacho
con show impecable y con una lista cargada de gemas que invalidan
cualquier argumento descalificador sobre la calidad de la banda.
Para el arranque eligieron "Turn Up the Sun", el tema que
abre el disco "Don't Believe the Truth" y en que el sonidista
aprovechó para ecualizar las guitarras de Noel y Gem y la voz
de Liam.
El estallido del público se produjo minutos después
cuando Noel arremetió con el riff de "Lyla", hit
del último disco y que más allá de los efectos
nocivos que produce escuchar mil cien veces un tema por radio, es
una gran canción.
Y esa pieza sirvió para presentar al nuevo baterista Zach Starkey,
hijo del Beatle Ringo Starr, y que por lo demostrado ayer, parece
haber aprendido mucho de su padrino musical el fallecido Keith Moon,
ex baterista de los Who.
# Tras "Bring it on down", llegó la catarata de éxitos,
esos temas que se levantan como un muro contra aquellas críticas
que denostan la calidad de Oasis. Joyas como "Morning Glory",
el maravilloso rocanrol de "Cigarettes & Alcohol" y
del último disco esa joya que es "The Importance of Being
Idle", en la que Noel Gallagher se hizo cargo de la voz copiando
a Ray Davies de los Kinks.
Una banda que se da el lujo de tener casi escondido en un segundo
plano a un gran cantante como Noel, que luego se despachó con
el rock a medio tempo lado B "Masterplan" cediéndole
el bello solo a Archer.
Tras un par de temas, los hermanos cantaron a dúo el rocanrol
"Acquiesce", incluido el disco de lados B y rarezas "The
Masterplan", y le dieron paso a una versión cantada a
coro con el público de "Live Forever", clásico
de "Definitely Maybe".
Un párrafo aparte para las versiones de "Wonderwall"
y "Champagne Supernova" del segundo álbum "(What's
the Story) Morning Glory", dos baladas de aquellas que quedaron
en la memoria de la gente.
Con una impecable interpretación, Oasis demostró por
qué mucha gente cree que es uno de los mejores grupos de la
historia, ya que han compuesto algunas de las mejores canciones de
los últimos diez años.
Melodías que quedaron en el inconciente colectivo de un par
de generaciones y de públicos tan disímiles como el
británico y el argentino, por ejemplo, y parafraseando a Neil
Young, ese logro es mejor que desvanecerse.
Tras rockear con "Rock and Roll Star" y con "Guess
God Think I'm Abel" tomándose a broma las peleas entre
hermanos, la vieja historia entre Cain y Abel. También hubo
tiempo para otra balada hermosa, la "lennoniana" "Don't
Look Back in Anger", en el que las 45.000 gargantas no le dieron
paz a la noche.
Y para el cierre, la agrupación tomó el éxito
de los Who "My Generation" y con energía punk amenazó
con arrasar el coqueto paisaje de esa zona de Buenos Aires, mientras
Starkey demostró todo lo que aprendió de Moon, a quien
reemplazó durante años de giras con Roger Daltrey y
Pete Townshend y el fallecido John Entwistle.
Mientras sonaban los últimos acordes, Liam se paró al
borde del escenario, se sacó los lentes para saludar, su arrogancia
recibió una ovación, y los Oasis dejaron el escenario
sabiéndose con la tarea cumplida.
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