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14 de marzo de 2006

Oasis mostró las claves de su fórmula ante 45.000 personas

Oasis

BUENOS AIRES (por Adrián Mouján).- Los Oasis justificaron su arrogancia y prepotencia ante 45.000 argentinos que llenaron el Campo de Polo y que disfrutaron del mejor rock británico de manos de una banda que ha sido clave en el género en los últimos diez años.
Un Campo de Polo colmado por treintañeros y jóvenes, en su mayoría de clase media y alta, recibió el viernes por tercera vez a la banda de los hermanos Noel y Liam Gallagher.
Y el origen social del público de Oasis en la Argentina no es un detalle menor, ya que en la zona del Campo de Polo se produjo un colapso de las líneas de telefonía celular y fue imposible realizar un llamado debido a la cantidad de aparatitos que había en el estadio sito en la intersección de las avenidas del Libertador y Dorrego.
Mientras acá su público es de clase media y alta, en Gran Bretaña, Oasis es un fenómeno de la clase obrera. En pocas palabras, en Inglaterra Oasis es como La Renga o Los Piojos, no es una banda de conchetos o tipos "cool".
En la conferencia de prensa previa al show, los Oasis dijeron que un par de visitas más les gustaría llenar River Plate como lo hicieron los Rolling Stones y U2. Bueno, no va a ser necesario tanto tiempo, ya que el viernes estuvieron a punto de lograrlo.
El show debió empezar con 15 minutos de retraso para facilitar el ingreso de la gente que formaba una extensa y compacta fila por Libertador y que doblaba por Bullrich, ocupando la vereda de la mezquita.
Desde lo artístico, los argentinos vieron al mejor Oasis, ya que músicos de la talla del guitarrista Gem Archer, del bajista Andy Bell y del baterista Zach Starkey, confirman que esta es por lejos la versión más notable de la banda.
Lo que a este grupo de músicos le falta es grabar su propio "Definitely Maybe" para quedar en la historia, el problema para ellos es que Noel y Liam ya grabaron ese álbum, que marca un hito en el rock de los '90.
Pero su último álbum "Don't Believe the Truth" es un gran disco, y quedó demostrado cuando la banda interpretó seis temas de ese registro que es indudablemente menor en comparación con "Definitely Maybe".
Los hermanitos Gallagher, que durante una conferencia de prensa se mostraron aburridos, a la noche demostraron por qué: ellos no están para hablar sino para tocar música.
Con Liam hablando muy poco ese inglés con acento "cockney" que Mick Jagger patentara en los años '60, Oasis se despacho con show impecable y con una lista cargada de gemas que invalidan cualquier argumento descalificador sobre la calidad de la banda.
Para el arranque eligieron "Turn Up the Sun", el tema que abre el disco "Don't Believe the Truth" y en que el sonidista aprovechó para ecualizar las guitarras de Noel y Gem y la voz de Liam.
El estallido del público se produjo minutos después cuando Noel arremetió con el riff de "Lyla", hit del último disco y que más allá de los efectos nocivos que produce escuchar mil cien veces un tema por radio, es una gran canción.
Y esa pieza sirvió para presentar al nuevo baterista Zach Starkey, hijo del Beatle Ringo Starr, y que por lo demostrado ayer, parece haber aprendido mucho de su padrino musical el fallecido Keith Moon, ex baterista de los Who.
# Tras "Bring it on down", llegó la catarata de éxitos, esos temas que se levantan como un muro contra aquellas críticas que denostan la calidad de Oasis. Joyas como "Morning Glory", el maravilloso rocanrol de "Cigarettes & Alcohol" y del último disco esa joya que es "The Importance of Being Idle", en la que Noel Gallagher se hizo cargo de la voz copiando a Ray Davies de los Kinks.
Una banda que se da el lujo de tener casi escondido en un segundo plano a un gran cantante como Noel, que luego se despachó con el rock a medio tempo lado B "Masterplan" cediéndole el bello solo a Archer.
Tras un par de temas, los hermanos cantaron a dúo el rocanrol "Acquiesce", incluido el disco de lados B y rarezas "The Masterplan", y le dieron paso a una versión cantada a coro con el público de "Live Forever", clásico de "Definitely Maybe".
Un párrafo aparte para las versiones de "Wonderwall" y "Champagne Supernova" del segundo álbum "(What's the Story) Morning Glory", dos baladas de aquellas que quedaron en la memoria de la gente.
Con una impecable interpretación, Oasis demostró por qué mucha gente cree que es uno de los mejores grupos de la historia, ya que han compuesto algunas de las mejores canciones de los últimos diez años.
Melodías que quedaron en el inconciente colectivo de un par de generaciones y de públicos tan disímiles como el británico y el argentino, por ejemplo, y parafraseando a Neil Young, ese logro es mejor que desvanecerse.
Tras rockear con "Rock and Roll Star" y con "Guess God Think I'm Abel" tomándose a broma las peleas entre hermanos, la vieja historia entre Cain y Abel. También hubo tiempo para otra balada hermosa, la "lennoniana" "Don't Look Back in Anger", en el que las 45.000 gargantas no le dieron paz a la noche.
Y para el cierre, la agrupación tomó el éxito de los Who "My Generation" y con energía punk amenazó con arrasar el coqueto paisaje de esa zona de Buenos Aires, mientras Starkey demostró todo lo que aprendió de Moon, a quien reemplazó durante años de giras con Roger Daltrey y Pete Townshend y el fallecido John Entwistle.
Mientras sonaban los últimos acordes, Liam se paró al borde del escenario, se sacó los lentes para saludar, su arrogancia recibió una ovación, y los Oasis dejaron el escenario sabiéndose con la tarea cumplida.


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